divendres, 23 de desembre de 2016

Time is now. MINDFULNESS. Atención plena



Recuerdo los veranos cuando tenía 8, 9 años, 10. Veraneábamos en un pueblecito de la costa y allí me dedicaba, durante aproximadamente tres meses, a vivir cada momento del día. Vivir. Sin más.

Por la mañana nos levantábamos cuando el calor ya no nos dejaba dormir, desayunábamos todos juntos, sin orden ni concierto, cada uno se preparaba la suyo a medida que llegaba a la cocina. Yo tomaba casi siempre tostadas recién hechas con mayonesa Kraft, un manjar que hoy en día aún me encanta y que considero mi personal magdalena de Proust. Despúes cogíamos los bártulos y nos íbamos a la playa. Y allí pasaba toda la mañana y parte de la tarde. Ya sea concentrada en dejarme mecer por las olas haciendo el muerto, aprendiendo a saltas las olas desde la arena al agua, buceando, buscando conchas y piedras chulas, haciendo castillos de arena, jugando a pillar, conociendo a otros niños, nadando lo más lejos posible, midiendo -contando en voz alta- cuanto tiempo aguantábamos con la cabeza metida en el agua sin respirar, haciendo la vertical en el agua o la vertical puente en la arena, yendo hasta la toalla cuando tenía ganas de que el sol me calentara la espalda, cuando tenía hambre o cuando tenía sed... y así hasta que caía la tarde. Entonces regresábamos a casa, me duchaba, merendaba y salía a jugar con los amigos.

No era algo planeado, simplemente salía a la calle e iba a buscarlos (...)
A veces no encontraba a nadie, así que volvía a casa y leía tebeos de Zipi y Zape o algún libro de Enyd Blyton, o dibujaba, o hacía alguna actividad del libro de vacaciones o veía la tele, hasta que algún amigo venía a buscarme a casa. Si no venía nadie a por mi, al principio me aburría un poco, pero no pasaba nada, porque el aburrimiento nos vuelve creativos: en seguida inventaba alguna manera de disfrutar el tiempo. 

Y si al primer intento ya encontraba a mis amigos, me unía a ellos y jugábamos a futbol o a pichi -una versión casera e improvisada del beisbol americano-, o jugábamos al pañuelo, o iba en busca del grupo de niñas de los apartamentos de enfrente y jugábamos al escondite o a inventar coreografías. A veces cogíamos las bicis e improvisábamos una escapada al castillo en ruinas que daba nombre al pueblo o a las vías del tren para coger moras. A veces jugábamos a investigar por ahí, o construíamos una cabaña y colgábamos cuerdas en unos pinos cercanos para hacer de tarzán. Y así hasta que anochecía. 

Entonces todos volvíamos a casa. Yo cenaba con mi familia -primos, tios, papis y hermanas-. A veces salíamos a pasear, al cine o a tomar un helado. Y así todo el rato y todos los días. Hasta que nos íbamos a la cama. Recuerdo mi satisfacción total al acabar el día. Me dormía en seguida, profundamente, relajada. Recuerdo que nunca me dolía la espalda, que podía dormir a pierna suelta en cualquier postura, con almohada o sin, y no me despertaba hasta que la luz del sol me obligaba a abrir los ojos. ¡Y empezaba un nuevo día!.

Vivía sin juzgar. Disfrutaba cada instante con entusiasmo, sin pensar qué día era, cuando tenía que volver a la escuela, qué iba a cenar esa noche o si mi amistad con aquellos niños sería para siempre. Supongo que en más de una ocasión me puse triste, lloré, me enfadé. Seguro que sentí frustración, envidia o tuve algún desengaño, pero estas emociones duraban poco tiempo, porque siempe había alguna novedad a la cual dedicaba toda mi atención y me centraba en el presente, sin darle vueltas al pasado ni proyectando un futuro que desconocía.

Desgraciadamente ahora vivir así no nos sale. Demasiado a menudo estamos atrapados por nuestro pensamiento crítico, preocupados por algo que ha pasado o algo que creemos que va a pasar.

Nuestro cerebro está ocupado analizando situaciones y problemas que, en la mayoría de ocasiones, no podremos resolver porque no dependen de nosotros. O arrepintiéndonos de algo que no hicimos. O rememorando una y otra vez fracasos, desengaños y desaciertos. O sufriendo por un situación que aún no ha tenido lugar. O temiendo que algo malo nos suceda.... No sé cómo, pero hemos desaprendido cómo vivir el presente!.

Por supuesto aún conservo parte de mi "saber estar aquí y ahora" y me sale espontáneamente cuando Max y yo nos estiramos juntos y el pone su bracito por encima de mi cuello para abrazarme y me empieza a contar batallitas del cole. En esos momentos estoy super presente. Estoy ahí entera, saboreando cada segundo, oliendo su colonia, su piel, escuchando su risa, su respiración, su voz que sube y baja. Concentrada en él, en nosotros y nada más. 

Consigo "estar aquí y ahora" en bastantes ocasiones, pero no siempre. Y por eso ahora me esfuerzo en reprogramar mi pensamiento para sentir con plenitud. Intento centrar toda mi atención en las pequeñas cosas para recuperar mi capacidad innata de vivir el presente con intensidad.  Intento conectar con mi yo interior para apreciar cada momento, para disfrutarlo y dar gracias, sin dispersarme continuamente del pasado al futuro y del futuro al pasado, sin prejuicios. Escuchar mi respiración, escanear mi cuerpo para saber cómo me encuentro en cada momento, saborear una comida, disfrutar de las sensaciones corporales que produce una ducha caliente, fundirme en un abrazo que lo abarque todo, dejar que los rayos de sol me acaricien la piel, escuchar música que me emocione, abrigarme con una manta esponjosa, oler el mar, escuchar y ver a los que me rodean... Todo esto es mindfulness.

Está demostrado científicamente que el pensamiento consciente, la atención plena, desarrolla nuevas conexiones en nuestro cerebro que nos permiten conectar con nuestro yo interior y gestionar de un modo más eficaz y positivo las eventualidades con las que nos encontramos en nuestro día a día. Esas nuevas conexiones cerebrales nos permitirán lidiar mejor con el estrés y la ansiedad; nos permitirán asimilar  más positivamente los problemas que nos acontezcan, sin criticarnos ni juzgarnos; tendremos más control emocional, más compasión y más aceptación hacia nosotros mismos, de manera que las cosas negativas no nos afectarán tanto; nos concentraremos más y mejor; dejaremos atrás el insomnio; aumentará nuestra inteligencia emocional y mejoraran nuestras relaciones interpersonales; aumentará también nuestra creatividad y nuestro rendimiento laboral...

¿No te apetece volver a sentir plenamente como cuando eras niño?. Practica el mindfulness. Conviértelo en tu forma de vida


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