divendres, 9 de gener de 2015

La bruja de al lado

(...) Cuando la joven se acercó al cristal para mejorar su campo de visión, no pudo disimular su horror. Era un ser repugnante.

Bajo el sombrero andrajoso, lucía una melena sucia y alborotada: el pelo era quebradizo, amarillento, casi verde, como si se hubiera chamuscado con la plancha de carbón. Y su rostro era asimétrico e inhumano. Tenía lo ojos claros, caídos, pequeños y rápidos y a su alrededor miles de patas de gallo afeaban, si cabe aun más, su mirada de ave carroñera. Tenía una narizota grande, ganchuda, rojiza, como si se tratara de la nariz del borrachín del pueblo. ¿Y su boca?. Era una boca pequeña, de labios finos y dientes amarillos. Al reír, se podía vislumbrar su lengua blanquecina y al expirar, su aliento apestaba. Y por su expresión enajenada diríase que la inteligencia de la bruja brillaba por su ausencia.

No advirtió su presencia en la ventana, así que, sabiéndose a solas, se desvistió para tomar un baño en un barreño lleno de mugre y agua sucia que escondía debajo de la cama. Aquel movimiento hizo salir algunas ratas de su escondite. La joven tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar. El espectáculo era dantesco. El cuerpo de la bruja era extremadamente delgado y malhecho. Tenía una defecto en la columna que la obligaba a curvar los hombros y la espalda formando una espléndida joroba. Era tan seca como el palo de su escoba. No parecía una mujer. Donde deberían estar sus pechos había un trozo de piel, lisa y lechosa, cubierta por unos pezones minúsculos, afilados y oscuros, como de cabra. No tenía caderas y su trasero era recto y plano como una tabla.

Su piel blanca, enfermiza, plagada de verrugas y escamas, provocaba rechazo. En las piernas y en las pantorillas, antes cubiertas por su harapiento vestido, se dibujaban unas tremendas venas azules, varices hinchadas como globos, que brillaban llenas de sangre. Una verruga brillante y aceitosa ocupaba casi todo el pie izquierdo de la bruja. Sus uñas, las de las manos y las de lo pies, eran largas y negruzcas.

Durante un instante, sintió compasión por la bruja. Con ese aspecto nadie la amaría nunca. Nadie permanecería junto a ella demasiado tiempo. Nadie le ofrecería su amistad. Ningún hombre en su sano juicio se sentiría atraído por ella. Ni amigos, ni familia, ni amantes. Estaría siempre sola... Pero entonces recordó todas las maldades, todo el dolor y todo el odio que la bruja había sembrado a su alrededor y dejó de sentir pena por ella. Si aquella mujer no hubiera sido tan cruel, si su interior no estuviera tan putrefacto, no tendría ese aspecto tan repulsivo: cuando salía a la calle se maquillaba, se arreglaba y utilizaba su magia negra para disimular tanta fealdad, pero en la soledad de su hogar, la bruja tenía justamente el rostro que le correspondía.
Tal vez, durante un tiempo, conseguía engañar a la gente mediante trampas y hechizos, pero al final, cualquiera que se acercaba a ella, acababa descubriendo su verdadera esencia y huía despavorido. 

No pudiendo soportar más esa visión, la joven apartó su mirada. No estaba preparada para soportar tanta podredumbre, así que se alejó de la ventana, prometiéndose a si misma que jamás, bajo ningún concepto, volvería a acercarse a un ser tan deleznable (...)



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