dijous, 10 de juliol de 2014

El encanto de lo imperfecto


La primera vez que visité Lisboa me enamoré de la ciudad. Me fascinó su parte más antigua, un poco descuidada, decadente y trágicamente bella. 

Las fachadas de casi todos los edificios adornados con azulejos estaban desconchadas - precisamente porque faltaban azulejos- y en su lugar asomaban la paredes desnudas dibujando mapas desconocidos. Los tranvías, los antiguos, se deslizaban muy lentamente por los raíles y por el sonido que emitían al circular diríase que no funcionaban demasiado bien, pero a mi se me antojaban adorables, entrañables, supervivientes de otra época. Resbalé varias veces por el Barrio Alto y al final me caí en una de sus calles empedradas porque los adoquines tenían los cantos tan y tan rodados, que era muy fácil resbalar. Repartidas por el casco antiguo había huellas del incendio que una vez asoló la ciudad, como si nadie se hubiera molestado nunca en reparar los daños y esto, en lugar de afear Lisboa, la embellecía. Y aún así, o quizás por todo eso, la ciudad me encantó. 

Recuerdo que envié una postal -sí, aún se enviaban postales- en la que escribí precisamente eso: "Lisboa me encanta. Porque es triste y bella a la vez".

Estoy hablando de belleza trágica. 


De la belleza de la decadencia. De la belleza de la imperfección.  De los peinados  "despeinados" que intentan aparentar descuido y distracción. Del hippie chic y de la ropa vintage. Del tirante fino que parece irregular porque cae seductoramente hombro abajo, como por casualidad -dicen que era un truco recurrente de Marilyn, descoser un tirante para que en cualquier e "inesperado" momento de su actuación se rompiera, cayendo descuidadamente sobre su hombro, provocando una gran expectación entre sus admiradores-. Estoy hablando de los bares de toda la vida, de esos que tienen sillas viejas de diferentes estilos y colores envolviendo las mesas donde aún se juega al dominó, de los baños antiguos reconvertidos en chiringuitos de playa pintados de blanco y azul, de los restaurantes pequeños, ruidosos, incómodos, pero irresistibles. De las ermitas románicas semiderruidas, terrosas, desvalidas en medio del campo. De las barcas de colores que hace años naufragaron en la arena y conforman un paisaje especial. De los tejanos más viejos y más rotos que tienes y que siguen siendo tus favoritos. Estoy hablando del encanto de lo imperfecto.

Por qué las casas de moda fotografían modelos lujosamente vestidas fusionándose con un paisaje desolador? Por qué las fachadas pintadas de colores y desconchadas por el salitre del mar nos parecen más seductoras que las fachadas impecablemente pintadas? Por qué las cosas hechas a mano -el "no hay dos igual"- nos parece doblemente especial? Por qué no seduce cierto tipo de caos?. 

Nos atrae lo singular. Sin querer, o queriendo, damos valor a aquello que marca la diferencia, aquello no perfecto que encierra su historia particular. Porque en el fondo sabemos que lo perfecto es más fácil de recrear, repetir y emular. Sabemos que el paso del tiempo, la historia, embellece un lugar, y lo convierte en un lugar distinto a los demás, y que es la imperfección la que nos hace únicos, diferentes e inolvidables.

Y por eso me encanta tu historia. 
Y por eso te quiero. 
Así. Imperfecto, descuidado, inusual.

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