dimarts, 8 de juliol de 2014

Espejismos y oasis de tu vida




De niña me fascinaban dos cosas del desierto: los espejismos y los oasis. Cierto es que no había visitado nunca ningún desierto real, pero estos dos elementos aparecían a menudo en los cuentos, en las pelis, en los cómics y en los tebeos y disparaban mi imaginación.

Los espejismos me fascinaban por su dualidad, en cuanto hacían ver a los personajes cosas que en realidad no existían-y esto siempre tiene algo de magia-, y  al mismo tiempo, me parecían malvados, en cuanto hacían ver una fuente al muerto de sed - fuente que luego no existía- o un plato suculento de comida al que tenía hambre -plato que no era real, evidentemente-.

Los oasis me parecían lo más. La mejor de las situaciones posible. El agua para el sediento, el vergel para el que atravesaba el terreno más àrido del mundo, la explosión de vida en medio de la nada. La fiesta, el làpiz khol, la danza de los siete velos, Sherezade  y los cuentos de las mil y una noches. Eran la recompensa, el premio, la alegría de estar vivos.


Ya han pasado unos cuantos años, y mentalmente sigo haciendo este ejercicio cuando, en medio de un día regular, a ritmo de vértigo, encuentro un pequeño oasis en el que descansar y tomar fuerzas: un paseo con Max -el amor de mi vida- conversando sin prisas, un café con las amigas -a las que cuesta tanto reunir porque todas tenemos horarios imposibles-, una charla en la habitación, a oscuras, cuando todos duermen, una novela por empezar, un reencuentro con alguién del pasado que te recuerda quién eras, una película que te hace llorar de emoción, una cenita frente al mar con las copas llenas de vino blanco -los que vivimos cerca del mar sabemos que todo frente al mar es mejor-.  Y en todos estos momentos especiales siento que he llegado, por fin, al oasis. Que estoy en mi paraíso particular, festivo, acogedor, en el que todo es bonito y nada malo puede suceder.

Y luego están las decepciones: todas esas cosas que esperabas que fueran de una manera y acaban resultando todo lo contrario. Esa persona en la que confiabas ciegamente y te falló. Ese trabajo que parecía tan prometedor y luego no lo es tanto. Ese amor que parecía que no iba a acabarse nunca y un día se esfumó como si nunca hubiera existido. Esto son los espejismos de la vida. Las decepciones diarias. Las cosas que un día te deslumbraron, te hicieron soñar y al final resultan un fiasco.

Pero bien, no pasa nada. Las decepciones, al igual que las alegrías, también forman parte de la vida. Suceden por algún motivo y nos ayudan a crecer. Seguro.

Así que ahora creo firmemente que la felicidad consiste en ir acumulando pequeños oasis. En disfrutar cada momento que nos sea otorgado en nuestro paraíso particular, sin ponerle nombre y sin pensar en el antes ni en el después. Porque sólo hay presente y estas moralmente obligado a vivir tu vida y saborear cada instante. Y sentirte a gusto en tu piel y dar las gracias por ser quién eres y estar dónde estas.

Y así cada día de tu vida.
De niña me fascinaban dos cosas del desierto: los espejismos y los oasis. Cierto es que no había visitado nunca ningún desierto real, pero estos dos elementos aparecían a menudo en los cuentos, en las pelis, en los cómics y en los tebeos y disparaban mi imaginación.
Los espejismos me fascinaban por su dualidad, en cuanto hacían ver a los personajes cosas que en realidad no existían-y esto siempre tiene algo de magia-, y  al mismo tiempo, me parecían malvados, en cuanto hacían ver una fuente al muerto de sed – fuente que luego no existía- o un plato suculento de comida al que tenía hambre -plato que no era real, evidentemente-.
Los oasis me parecían lo más. La mejor de las situaciones posible. El agua para el sediento, el vergel para el que atravesaba el terreno más àrido del mundo, la explosión de vida en medio de la nada. La fiesta, el làpiz khol, la danza de los siete velos, Sherezade  y los cuentos de las mil y una noches. Eran la recompensa, el premio, la alegría de estar vivos.
Ya han pasado muchos años, y mentalmente sigo haciendo este ejercicio, cuando en medio de un día regular, a ritmo de vértigo, encuentro un pequeño oasis en el que descansar y tomar fuerzas: un paseo con Max -el amor de mi vida- sin prisas, un café con hielo  con las amigas -a las que cuesta tanto de reunir porque todas tenemos horarios imposibles-, una charla en la habitación, a oscuras, cuando todos duermen, una novela por empezar a leer, una película que te hace llorar de emoción, una cenita frente al mar con la copa llena de vino blanco -los que vivimos cerca del mar sabemos que todo frente al mar es mejor-.  Y en todos estos momentos especiales siento que he llegado, por fin, al oasis. Que estoy en mi paraíso particular, festivo, acogedor, en el que todo es bonito y nada malo puede suceder.
Y luego están las decepciones: esas cosas que esperabas que fueran de una manera y acaban resultando todo lo contrario. Esa persona en la que confiabas ciegamente y te falló. Ese trabajo que parecía tan prometedor y luego no lo es tanto. Ese amor que parecía que no iba a acabarse nunca y un día se esfumó como si nunca hubiera existido. Esto son los espejismos de la vida. Las decepciones diarias. Las cosas que un día te hicieron soñar y luego resultan un fiasco.
Pero bien, no pasa nada. Las decepciones, al igual que las alegrías, también forman parte de la vida y suceden por algún motivo y nos ayudan a crecer.
Así que ahora creo firmemente que la felicidad consiste en ir acumulando pequeños oasis. En disfrutar cada momento que nos sea otorgado en nuestro paraíso particular, sin ponerle nombre y sin pensar en el antes ni en el después: sólo hay presente y estas moralmente obligado a vivir tu vida y aprovechar cada momento. Y sentirte a gusto en tu piel y dar las gracias por ser quién eres y estas dónde estas.
Y así cada día de tu vida.
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De niña me fascinaban dos cosas del desierto: los espejismos y los oasis. Cierto es que no había visitado nunca ningún desierto real, pero estos dos elementos aparecían a menudo en los cuentos, en las pelis, en los cómics y en los tebeos y disparaban mi imaginación.
Los espejismos me fascinaban por su dualidad, en cuanto hacían ver a los personajes cosas que en realidad no existían-y esto siempre tiene algo de magia-, y  al mismo tiempo, me parecían malvados, en cuanto hacían ver una fuente al muerto de sed – fuente que luego no existía- o un plato suculento de comida al que tenía hambre -plato que no era real, evidentemente-.
Los oasis me parecían lo más. La mejor de las situaciones posible. El agua para el sediento, el vergel para el que atravesaba el terreno más àrido del mundo, la explosión de vida en medio de la nada. La fiesta, el làpiz khol, la danza de los siete velos, Sherezade  y los cuentos de las mil y una noches. Eran la recompensa, el premio, la alegría de estar vivos.
Ya han pasado muchos años, y mentalmente sigo haciendo este ejercicio, cuando en medio de un día regular, a ritmo de vértigo, encuentro un pequeño oasis en el que descansar y tomar fuerzas: un paseo con Max -el amor de mi vida- sin prisas, un café con hielo  con las amigas -a las que cuesta tanto de reunir porque todas tenemos horarios imposibles-, una charla en la habitación, a oscuras, cuando todos duermen, una novela por empezar a leer, una película que te hace llorar de emoción, una cenita frente al mar con la copa llena de vino blanco -los que vivimos cerca del mar sabemos que todo frente al mar es mejor-.  Y en todos estos momentos especiales siento que he llegado, por fin, al oasis. Que estoy en mi paraíso particular, festivo, acogedor, en el que todo es bonito y nada malo puede suceder.
Y luego están las decepciones: esas cosas que esperabas que fueran de una manera y acaban resultando todo lo contrario. Esa persona en la que confiabas ciegamente y te falló. Ese trabajo que parecía tan prometedor y luego no lo es tanto. Ese amor que parecía que no iba a acabarse nunca y un día se esfumó como si nunca hubiera existido. Esto son los espejismos de la vida. Las decepciones diarias. Las cosas que un día te hicieron soñar y luego resultan un fiasco.
Pero bien, no pasa nada. Las decepciones, al igual que las alegrías, también forman parte de la vida y suceden por algún motivo y nos ayudan a crecer.
Así que ahora creo firmemente que la felicidad consiste en ir acumulando pequeños oasis. En disfrutar cada momento que nos sea otorgado en nuestro paraíso particular, sin ponerle nombre y sin pensar en el antes ni en el después: sólo hay presente y estas moralmente obligado a vivir tu vida y aprovechar cada momento. Y sentirte a gusto en tu piel y dar las gracias por ser quién eres y estas dónde estas.
Y así cada día de tu vida.
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