dimecres, 5 de novembre de 2014

Sábado por la noche en el Raval de Barcelona


Doce de la noche más o menos. Salgo de un concierto en el Gipsy Lou del Raval de  Barcelona   y estoy en la calle esperando a que salgan los demás, mientras hablo con una chica que acabo de conocer, que se llama Calla y es polonesa, aunque ya lleva más de un año viviendo en Barcelona. Los porteros del local nos indican que nos movamos de delante de la puerta porque algunos vecinos, molestos por el ruido, suelen tirar cubos de agua con lejía. Así que nos alejamos un poco de allí y nos esperamos en la esquina de la calle, por donde ahora mismo no pasa nadie.

De repente, sin haberlo visto venir, se me acerca un chico a menos de 30 centímetros de mi cara y me pide un cigarro. Me ha pillado por sorpresa y doy un brinco. Y rápidamente le contesto que no. Primero porque no tengo. Segundo porque aunque tuviera no tengo porqué dar tabaco a desconocidos/as que me asaltan por la calle y tercero, porque aunque tuviera el bolso lleno de paquetes de tabaco, a medianoche, en una esquina solitaria y con el susto que nos ha dado - a la chica que acabo de conocer y a mi-, tampoco me apetecería demasiado abrir el bolso y ponerme a rebuscar en él, porque eso significaría quitar la vista del chico, que está muy pero muy cerca de mí, cuando resulta que mi cuerpo entero se ha puesto en estado de alerta a raíz del susto. Como detalle os diré que el chico es negro. Pero a mi me importa un pepino si es negro, blanco o amarillo. Me importa poco a qué tribu urbana pertenece, si va moderno o trajeado, si es nativo o inmigrante: no me gusta que me asalten en la calle y quiero que se separe de nosotras ya, porque sigue estando demasiado cerca de mi. Me siento invadida.

Y entonces es cuando el chico, ya a sólo 10 centímetros de mi cara, empieza a gritarme que soy una racista. Que se me nota en la cara. Que soy una enferma. Que voy de "señora" por la vida y que no tengo porqué contestarle tan rápido que no quiero darle un cigarro. Y yo en un principio me callo, confiando que así se aleje. Y él parece que se va. Pero se da media vuelta y decide acercarse de nuevo, otra vez acercando demasiado su rostro al mío. Desafiante y ofensivo. Y vuelve a gritarme que soy una racista y una enferma. Y cuando le contesto que no soy racista pero que no tengo tabaco, en un tono de voz muy suave porque lo cierto es que me siento intimidada y tengo muchas ganas de que vengan mis amigos, me dice que no me dé tanta prisa en constestar. Que no le hable así. Que me calle la boca. Que no le conozco de nada. Que tengo mucha suerte de ser de aquí porque en otro país yo me tendría que callar -por ser mujer- y él, el hombre, podría decirme todo lo que le diera la gana. "En mi país mujer calla".

Y finalmente aparece uno de mis amigos y cuando el chico se da cuenta de que no estamos solas, se va, tan tranquilo, aparentando normalidad, cómo si no me hubiera estado chillando hace un momento. Y yo estoy cabreada. Porque no, no soy racista. Pero yo le doy un cigarro a quién me da la gana. 

Pero además considero que el racista, el que me ha tratado mal, es él: intuyo que él cree que para no sentirse discriminado, para sentirse bien y no acusarme de xenófoba, yo tendría que abrir el bolso, darle un cigarro y dejarle el mechero. Y estar encantada de tener su cara desconocida a menos de 30 centímetros de la mía. Estoy cabreada porque este tipo tan "amable" es un machista de cuidado y yo diría, por el desprecio con el que me ha mirado y cómo me ha tratado, que es claramente misógino.

Y si. Supongo que habrá quién opine que el chico debe haber sufrido mucho hasta llegar hasta aquí y que tengo que comprenderlo. Habrá quién dirá que seguramente la vida de este chico ha sido muy dura o que seguramente ha sido víctima del racismo en alguna ocasión y que ahora yo he pagado el pato. Pero en mi opinión, eso si que sería ser racista, porque significaría que damos por hecho que cualquier persona no blanca que viva en Barcelona tiene en su haber una historia triste y/o marginal - y resulta que puede ser así o puede ser que no-. Y al contrario, parece que el mero hecho de ser blanca implica tener una existencia dichosa y perfecta -lo cual, estaréis todos de acuerdo conmigo, no tiene porqué ser así-. Y dicho sea de paso, él tampoco sabe quién soy yo, ni conoce mis circunstancias, así que no hay excusas para su comportamiento.

En cualquier caso, sea cual sea su historia, eso no le da derecho a abordarme así en la calle y mucho menos a insultarme y a ofenderme. Porque yo también soy una persona y cargo con mi propia mochila, con más o menos peso. Y lamentablemente también pertenezco a un colectivo históricamente oprimido, el de las mujeres, y tengo todo el derecho del mundo a asustarme si un desconocido me aborda por la calle y empieza a gritarme. Y a decir no. Y a ser cautelosa. Y a hablar cuando crea que tengo que hacerlo, sin miedo, sin que nadie me haga callar y menos aún con el pretexto de que él es un hombre.

Y si, por supuesto, estoy en contra de todo tipo de xenofobia y de todo tipo de discriminación.

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